Almas puras

ALMAS PURAS


(Poema para la musa, un amanecer en la casa de la calle Tacuba, Monterrey)


Saúl Ponzio Ibieta

 

 

 

I

 

"Yo también he visto

Las flores."

 

"Yo también he visto

Al astro tocar mi ventana…"

 

-Escuché tu voz

A un lado mío.

 

Estábamos en el cuarto de aquella vieja casa

De la calle Tacuba.

 

Y seguiste:

 

"Siempre vendrá a mis ojos lo primero:

Todo lo bello, lo que me cuenta algo,

Lo sustancial, lo que tenga vida y late,

Lo primero y sus voces transparentes,

Esas voces escondidas, que nos esquivan,

Y al pensar que somos dignos

De contemplarlas y de escucharlas, se dejan

Ver y darnos una cátedra armoniosa

De todo

Lo esencial y lo verdadero."

 

-"Tras el cristal de la ventana, en cada amanecer están las ramas, las flores, las brisas templadas e iluminadas del sol,

Que nos sonríen, que juegan con las ramas, y entre el ajetreo de las aves anunciantes

Nos dan un lenguaje inimaginable..."

 

Me mostraste la ventana.

 

Era una pequeña ventana.

Soplaba el viento.

Las ramas tocaban suaves

Los viejos cristales,

Pero suficiente para ser aceptada

Por los rayos penetrantes del sol

Que la hacían vasta e iluminada.

 

Seguiste:

 

"Las verdaderas voces están allá afuera,

Tocan la ventana, quieren hablarnos

Y venir con su secreto

Hacia nosotros."

 

Después de un silencio

Y pensar lo que me dijiste

Preguntaste:

 

"¿Dime también los ves?

¿También los escuchas?-"

 

Y

Vi un árbol y en él un ave

Aleteando.

Comprendí...,

Pero quise deducir tu visión

En su secreto más profundo

Y en su encanto.

 

Estabas a un lado mío.

Tú estabas desnuda,

Sentada, contemplando.

Tu piel brillante

Se agradecía con el paisaje,

Se complementaba,

Y el paisaje y tú se veneraban,

Eran la dicha inigualable

La proyección de la auténtica poesía.

 

Después se nos acercó con sigilo

Un hermoso gato de color blanco, y nos miró y nos marcó con su famoso "tope"

 

"¿Ves este animalito?

¿Ves que no nos pide nada a cambio el amigo? Tan solo pide compañía y tal vez que lo arropen?"

 

-"Es un alma de oro blanco

Es un ser de alma y de espíritu

Y sabe del secreto escondido

Y ve cosas que nosotros

No vemos, está vivo

Y merece respeto,

Es un amoroso regalo

Cauteloso e inteligente.

Va y viene,

Entre los lugares

 

Y nos trae secretos,

Y nos avisa de cosas

Que no sabemos,

Y que nos está vetado

Para los que no saben o no merecen el camino.

Nos lo dieron hace milenios

Como acompañantes y ayudas,

Hace centurias,

En otros mundos

En otros "aquí mismo"

Eran como duendes

Como fieles

Amigos.

Todo eso ha terminado

Y de vernos aquí atascados

Han quedado mudos de tristeza

Y pensativos en cómo ayudarnos.

¡Míralo! ¡Siéntelo!

Sabe de ese escondido secreto; sus ojos no lo describen, solo hay que

Comprender sus mensajes

Y sus llamados..."**

 

Sentí en ti un amor sincero

Hacia las cosas,

Una fantasía de aires magnífica,

Quise comprender más

Tu amor por las cosas,

Quise ser tú de nuevo,

Tener esa visión misteriosa

Y perfecta de las leyendas,

Luego

Te vi desnuda, sentada a un lado mío.

Recorrías la sabana de un lado a otro,

Seguías mirando la ventana hacia afuera:

Veías al árbol,

A las flores del patio,

Al astro de luz llegando,

Mientras tomabas del buró un café olvidado.

 

Vi la cama pequeña,

Pero para los dos

Era como

Un gran campo de amapolas silvestres,

Un profundo enjambre de jilgueros cantantes,

Un mundo de cuevas y laberintos amorosos,

Con olores dulces y maravillosos en el día.

Y en la noche juntos,

Había un sinfín de abejas vivas aleteando:

Vivíamos entre mieles,

También era un mar amplio en donde

Muchas veces, gustosamente, hemos naufragado.

 

Seguiste con tu diálogo:

 

"¿Tú has sentido el grito de las flores,

El saludo verde de las plantas, la voz suave

De los insectos de la tierra y del aire?..."

 

-"Nos hablan, nos cuchichean con sus voces,

Pero no los alcanzamos, son altas sus

Vibraciones en nuestros oídos —sordos somos— y ellos son un enigma indescifrable y para muchos prohibidos-"

 

Quedaste pensativa

Con tu cabello recogido,

Diste un sorbo al café,

Te tapaste los hombros

Y al ver que te miraba

Te los destapaste de nuevo.

 

Veías hacia la ventana,

Eras justa con tu cuerpo

Y te hacías valer

Como parte de la belleza

Y de la hermosura.

 

Seguías pensante,

Luego

Retocaste tus labios,

Esos labios siempre míos,

Tan frescos y húmedos,

Listos siempre al ataque

Amoroso de mis impulsos,

Y siempre abiertos

Para la bella casualidad

De lo sublime, de lo palpitante y

De lo amante, tus labios

Siempre listos al recado esperado y mío,

Al mensaje y al ataque

Amoroso de mis labios.

 

Acomodaste tu cabeza

Sobre mi hombro.

 

Yo miré el entorno:

 

E imaginé todo lo que tú imaginabas

Y se me hizo todo hermoso

De sublimes encantos

Y supe más del porqué de tus cantos.

Magnífica tu aura femenina

Y tu presencia a un lado mío.

 

Las hojas del árbol

Movían sus verdes manos.

Aleteaba en las ramas

El ave, tal vez buscando

Ahí quedarse o de un salto

Volar al espacio.

 

La casa era vieja, ubicada en el centro citadino;

La urbe vivía al rededor nuestro.

Eran pequeñas casas pegadas una a otra,

Todas tenían sus pequeños patios —algunas sin flores,

Otras con árboles.

Nuestro cuarto era azul,

Las puertas eran pesadas,

El piso completo era gris.

En el techo habitaban campanas e instrumentos

De percusión fina cada vez que llovía.

(Anoche había llovido dulcemente)

Las paredes guardaban voces, a veces secretos y

Rumores de vidas ya pasadas.

 

 

 

II

 

"Afuera, un callejón largo que salía hacia la ciudad

Y hacia sus ruidos.

Se oía el sonido metálico de los carros y camiones,

Los pasos de los vagabundos,

De la gente contenta y de los paseantes sin casa,

Y de los caminantes.

Allá a lo lejos olía a smog,

A tierra, a piedra dura,

A cemento, a pesadillas diarias.

Afuera de este callejón, verde y húmedo,

Estaba lleno de casas, árboles,

Enroscadas granadas y coloridas buganvilias —brillantes,

Salpicadas de agua y colgantes— cuando llovía."

 

Veíamos por la ventana

Y permanecimos en silencio.

Y tus ojos veían y alumbraban

Algo más allá de los deseos.

 

Ahí en el patio adentro

De la pequeña casa:

Flores ("Teresitas moradas", "Teresitas blancas"),

Y otras que nunca supe nombrar —romeos y julietas—,

El árbol de durazno agitado al aire,

Y desde luego dos pares de girasoles,

Llameando el patio en un día asoleado.

 

Había solo una pequeña ventana

Y la sombra del árbol de duraznos.

(Creo que de ahí,

En cada amanecer con los golpeteos de la luz solar

En las ramas, oías tus voces.)

 

Te escuchaba

Y olías a frutas dulces,

A miel untada,

A capricho de la naturaleza,

A capullo recién abierto,

A sexo de anoche.

 

Seguiste:

 

"Este mundo es único y merecido; quisiera estar

Siempre llena de plantas, aves y animales,

Pasear siempre entre la flora

Y sus ramajes,

Con los brazos abiertos,

Sorprendiéndome con sus delirios

Y cantos..."

 

(Escuché tu voz de nuevo.)

 

Y la volví a escuchar varias veces.

 

Tomé un sorbo de mi café.

Tú mirabas a la ventana.

El gato seguía con nosotros.

Sabía de tu amor por estas

Cosas, tu amor por el campo,

Los árboles, los ríos y de tu

Fascinante contemplación

Hacia los girasoles.

 

Luego,

Un pequeño roedor hace

Su aparición cautelosa,

Tímido:

Sale y juega entre la estufa

Y nos observa.

 

(Esta casa es vieja

Y fantástica.)

 

Tú no te inmutas,

Dices no tener miedo,

Y alabas su existencia:

 

"En su mínima vida, para él, ahí es toda su historia,

Su vida —es su casa—, su guarida, su espacio.

No nos guarda rencor,

Solo pide que no le hagamos daño.

Los animales tienen alma,

Al igual que las plantas:

Son almas puras.

Todo ser vivo tiene una mecha encendida,

Iluminada sobre su frente."

 

Te escuchaba:

 

"Su vida es tranquila, a veces interesante y apasionante,

Igual a la de nosotros. Ellos —todos los seres— tienen derecho a vivir:

Animales, aves, insectos y plantas viven su momento,

No se preocupan por nada, mientras nosotros intuimos la destrucción y el poder.

Bajo las piedras apilamos muertos y posiciones y nos enorgullecemos;

Comemos sin querer, bebemos sin querer,

Somos átomos explosivos para todo ser.

Ellos tan solo buscan permanecer."

 

- Y seguiste:

 

"Saben del secreto real de la vida

Y de las cosas. Allá afuera, entre el ramaje alto, hay mariposas,

Y un hombre las mata por placer.

El hombre trae una bandera que fue de otro hombre,

Hecha de sangre de otro hombre, que ahora le pertenece

Y más tarde pertenecerá a otro.

Mata a las creaturas del campo solo porque así lo siente

Y cree que el poder le da derecho sobre el ser más pobre.

Pero no sabe que caracoles, insectos de tierra y de alas,

Seres que el hombre destruye, irán a los funerales del hombre:

Estarán presentes, bailando adentro de él sus impecables danzas..."

 

Afuera amanecía.

 

Te vi desnuda y te dije: ¡Bella!

Y te recalqué: ¡Belleza!

Mientras sonaba la próxima hora

En el reloj colgado y entre las sombras

Que poco a poco en este cuarto

Se van dispersando.

 

 

 

III

 

La calle Tacuba.

Ha sido siempre nuestra.

Sus paseos por el barrio

Y por entre los rojos condominios

Ya a veces nos llena de lluvia,

Ya a veces nos llena de sol.

Caminamos,

Pero ahora

La contemplación de "él afuera"

Por la ventana sustanciosa

De aromas y verdes ramajes,

De flores múltiples

En este pequeño patio

De seres que viajan

De un lado a otro,

De fauna del campo,

De arrullo de aire

Y de golpes de vegetación

Plantada, de luces

Que se asoman amaneciendo todo

El entorno:

Estamos aquí

Y tú sigues con tu diálogo

Bello y espontáneo:

 

"...Pureza, almas libres que se santifican ahí.

Pequeñas almas en venganza. ¡Oh, almas puras!:

Insectos, flores, aves y animales,

Eléctricas presencias bien manejadas por el hada de lo transparente.

Ellas están en secreto conectadas.

Ellas solo viven, existen,

Y saben más del secreto..."

 

Mirabas a la ventana

Sucia de años

De esta casa ya abandonada.

Se escuchaban los chirridos comunes y los golpes de siempre,

Los pasos caminando

De un lado a otro

Por entre los cuartos.

 

Tus brazos y tus hombros

Eran la tierra blanca

En donde se reflejaban

La belleza eterna de los soles.

Brillabas también por tu espalda,

Estabas desnuda y tus ojos miraban

Y tenían lo impalpable de las delicias y de lo eterno afuera.

 

Se sacudía el viento

Y formaba un portal de polvo;

El polen quería decir algo

Entre las ramas

Y la sacudida.

 

Seguiste:

 

"Las nubes traen algo,

Algo elemental entre sus manos,

Y atraen a otras aves que vienen

De lejos...

-Míralas!!"

 

Quedé silencioso al escuchar

Tu voz, tu historia, tu pensar.

Imaginé todo lo que tú decías,

Pensé en lo absurdo

De tu diálogo poético,

Pero también vi la belleza en tus

Historias.

 

E imaginé que dialogar y sentir

Toda esa maravilla de conexiones

Con la naturaleza de forma

Tan increíble, de comparar

A todo ser vivo y decir que

Toda vida es toda alma,

Destruir al hombre, marcarlo como

El culpable de las cosas,

Sentenciarnos y alabar el grito

Silencioso de otras especies

Sería un acto maravilloso.

 

Sabía que todo lo que me habías

Dicho no era más que

Un canto, un sueño que no era más que

Un hecho poético

Que solamente en tus palabras

Y en tu mundo

Veías eso,

Y que la realidad era otra.

 

Y exclamé:

 

¡Solo en la poesía es posible

Ese mundo que me dices!

¡Únicamente en la poesía es posible

El sueño y la magnificencia!

 

Me miraste y hablaste

Con tu suave voz amorosa,

Tocaste mi cara,

Me besaste, y

Viendo hacia el patio y a su árbol,

Y a su alta fronda,

Y a las diversas flores

Que ahí habitaban,

 

Exclamaste:

 

¡Entonces llenemos al mundo de poesía!

¡Hagamos de nuestra vida juntos poesía!

¡Miremos con los ojos de la poesía!

 

A las horas siguientes, de ahí nos fuimos

Y abandonamos todo.

 

(Ya no te vi,

Desapareciste

Como un suspiro suave)

 

Y a esta casa abandonada

Nunca volvimos.




Saúl Ponzio Ibieta Monterrey Nuevo León México 🇲🇽 1992 

 

 

 


Nota: La casa de la calle Tacuba, escenario de este poema, existió en el Centro de Monterrey, Nuevo León. Hoy ya no permanece: fue demolida, y en sus terrenos y los de las pequeñas casitas vecinas ahora hay estacionamientos y terrenos baldíos.

Saúl Ponzio Ibieta, 1992 / 

 

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